El Ángel
Un sueño en Cuba, antes de cumplir veinte años
Una gran amiga cubanoamericana, su esposo cubano y yo estábamos en unas alcantarillas húmedas y enormes, con forma de laberinto. No sabíamos cómo habíamos acabado allí y tratábamos desesperadamente de encontrar la salida para regresar a nuestra ciudad, La Habana. Si hubiéramos sido franceses, habríamos estado en las alcantarillas de París. El agua pestilente y negra que corría por debajo de nuestras rodillas estaba llena de fetos engrasados. Aterrorizados, intentábamos escapar. Todo era negro, mohoso y húmedo. No había luz, excepto una extraña claridad rancia sin origen visible.
El camino se fue angostando hasta el punto en que ya no podíamos continuar con la cabeza fuera del agua. Me lancé para nadar hacia el otro lado y acceder a un espacio más amplio dentro de la cloaca. Nadar por debajo del agua fue indescriptible, asqueroso y sangriento. Al salir al otro lado, tuve un ataque de pánico. Corrí y corrí, desesperada, porque no podía encontrar a mis amigos del otro lado.
La alcantarilla se transformó en un pasillo limpio pero sin salida, de pronto parecía el sótano de un edificio. Encontré unas escaleras de cemento con paredes grises, las escaleras de un edificio alto. Rápido, empecé a subirlas como una loca. Cada piso tenía tres, cuatro o dos puertas. Nunca vi un vestíbulo con una sola puerta. Eran muchos pisos y muchas puertas.
Sin poder explicar cómo, sabía sin tocar cuáles puertas estaban abiertas y cuáles cerradas. Me frustraba no poder empujar ninguna para entrar, pero también entendía que hacerlo sería una pérdida de tiempo, pues algo oscuro y peligroso aguardaba del otro lado, esperando a alguien como yo, una presa para ser abatida. Una pesadilla horrible e hiperrealista.
En un piso en las alturas que podría ser el 9 o el 99, encontré finalmente una sola puerta: la de la azotea. Entré y miré. La luz amarilla de un atardecer iluminaba todo, y era hermoso. La azotea se parecía mucho a las de mi infancia, con ladrillos rojos, un murito en el borde... una típica azotea del Vedado, con tanques de agua de cemento y antenas. No había nadie, y tampoco sombras, porque era la hora mágica.
Corriendo, empecé a buscar una forma de bajar, quizá una escalera de incendios por fuera del edificio. Solo quería regresar a la ciudad. En la esquina norte de la azotea, encontré una escalera de caracol de hierro, oxidada y corroída, sostenida en “estática milagrosa". Desesperada, perdí las fuerzas para correr o huir. No había manera de bajar por esa escalera. La altura del edificio era ambigua; podía ser muy alto o de unos cinco pisos, pero se veía la ciudad a lo lejos, inalcanzable para mí. En ese momento, un ángel apareció volando frente a la escalera y me tendió su mano.
No puedo explicarlo de otra manera. De pronto, frente a mí estaba el ángel. Parecía un hombre, pero perfecto. Intentar describirlo es imposible. Una luz dorada emanaba de toda su figura, y sus alas blancas también irradiaban luz. Al mismo tiempo, tenía la apariencia de un hombre, con el pelo largo y sedoso, la piel dorada, sin pertenecer a ninguna raza que haya visto: ni blanco, ni negro, simplemente dorado y luminoso. Su rostro era como un amanecer. Sin dudarlo, le tomé la mano al instante, por lo que no pude mirarlo tanto. Apenas lo vi y ya me llevaba.
Es el mejor sueño de mi vida. En mi casa me dijeron que era a causa de ver las películas americanas los domingos por la tarde. Mis amigos estuvieron de acuerdo. Nunca lo olvidé, pero tampoco lo entendí, porque por aquella época era atea.
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